Es habitual en la teología dispensacionalista referirse a la era presente como un "paréntesis" en el plan de Dios —una intercalación, un intervalo en el programa divino—. Sin embargo, este lenguaje necesita ser corregido, no abandonado.
La interrupción de las setenta semanas de Daniel (Dn. 9:24-27) es real. Pero ¿a quién fue dada la profecía? A Daniel, un israelita. ¿Y acerca de quiénes? Acerca de "tu pueblo" y "tu santa ciudad" (Dn. 9:24). El alcance de la revelación es el programa profético para la restauración de Israel. Por lo tanto, el intervalo entre la semana sesenta y nueve y la semana setenta es un paréntesis en el calendario profético de Israel, no en el plan redentor de Dios en su conjunto.
Y aquí reside una distinción crucial que con frecuencia se pasa por alto: Israel no es la totalidad del programa de Dios. Israel es una nación especial, sacerdotal y elegida, llamada a mediar los propósitos de Dios ante el mundo (Éx. 19:5-6; Is. 49:6). Pero la nación que media el plan no es el plan en sí mismo. El propósito redentor de Dios abarca toda la creación (Col. 1:19-20; Ef. 1:9-10). Confundir el instrumento con la totalidad del programa es reducir el alcance del designio cósmico de Dios a las dimensiones del calendario profético de una sola nación.
Esta distinción no es trivial. Si viviéramos en un paréntesis del plan global de Dios, estaríamos en una especie de suspensión cósmica —como si Dios hubiera pausado su obra—. Pero el testimonio del Nuevo Testamento es exactamente lo contrario: ya experimentamos las primicias de la nueva creación (Ro. 8:23), ya hemos sido sellados con el Espíritu como garantía de nuestra herencia (Ef. 1:13-14), ya participamos de las bendiciones del nuevo pacto (2 Co. 3:6; He. 8:6-13). Nada de esto suena a un intervalo. Suena a cumplimiento.
Los dispensacionalistas tradicionales son cuidadosos en distinguir lo que pertenece a Israel en el AT. Muchos, por ejemplo, argumentan que el nuevo pacto de Jeremías 31:31 es exclusivamente para "la casa de Israel y la casa de Judá" —y por ello restringen su aplicación, negando que la iglesia participe plenamente en él—. Nótese la lógica que emplean: el destinatario israelita del texto determina el alcance de su aplicación. Sin embargo, en Daniel 9 el destinatario es igualmente israelita —la respuesta se le da a Daniel, concerniente a "tu pueblo" y "tu santa ciudad" (Dn. 9:24)—. Por su propia lógica, el paréntesis entre la semana sesenta y nueve y la semana setenta debería restringirse al calendario profético de Israel. Pero eso no es lo que hacen. En cambio, proyectan el intervalo sobre el plan entero de Dios —y concluyen que la iglesia vive en una era de interrupción cósmica—. La inconsistencia es evidente: en Jeremías 31, el destinatario israelita limita la aplicación; en Daniel 9, ese mismo criterio se abandona para ampliarla.
El hecho de que la iglesia sea un misterio no revelado en el AT (Ef. 3:4-6) no significa que esté desconectada de la trayectoria del AT. La restauración de toda la creación caída está profundamente arraigada en la expectativa veterotestamentaria. La iglesia no es una pausa en la historia de la salvación —es el medio mismo por el cual los propósitos restauradores de Dios ya están siendo manifestados y realizados en la era presente—.
En síntesis: la era de la iglesia es un intervalo imprevisto desde la perspectiva del calendario profético de Israel. Pero desde la perspectiva del propósito cósmico de Dios, es todo menos una interrupción —es precisamente el escenario en el que se están cosechando las primicias del reino—.
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Autor
Leonardo A. Costa
Investigador y escritor que explora el dispensacionalismo desde una perspectiva progresiva, con profundo aprecio por el legado de esta tradición.
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