The Fathers on the Future, de Michael J. Svigel, frustrará a quien busque simplemente otro manual popular de escatología. Y precisamente eso es lo que lo hace valioso.
Cuando escuchamos "escatología", instintivamente pensamos en los eventos del fin de los tiempos: el futuro, las cosas últimas. El propio nombre de la disciplina (el estudio de las últimas cosas) nos predispone a eso. Por eso esperamos que los libros de escatología se centren en lo que está por venir. Svigel, sin embargo, se niega a circular por los carriles conocidos de los manuales escatológicos populares. Para él, existe una conexión íntima e inquebrantable entre las últimas cosas y las primeras. No se puede comprender las unas sin entender antes las otras. El fin no es un espectáculo autónomo; es el desenlace de una narrativa mucho más grandiosa: creación, caída y redención.
Su visión escatológica es, por tanto, un todo coherente. Para entender las partes hay que entender el conjunto; para entender el fin hay que entender el principio. No existe aquí un agregado suelto de eventos futuros desconectados y flotando sin una metanarrativa unificadora. Es una visión construida orgánicamente, en la que cada elemento guarda armonía con el todo. Esté o no de acuerdo con él, algo es innegable: esta es una perspectiva profundamente enraizada en la escatología de los primeros siglos —Ireneo en particular— y desarrollada con rigor.
La intuición central de Svigel: el reino como restauración de toda la creación
Aquí reside lo que considero la intuición central de Svigel. El reino de Dios no es meramente la consumación de un plan para Israel —darle a Israel una tierra, darle a Israel un trono—. Todo eso es cierto, pero el plan es mucho, mucho más grande. El reino de Dios, cuando sea establecido en la tierra, es la restauración y redención de toda la creación. Para Svigel, la caída fue una interrupción de la trayectoria original, no una revisión del plan de Dios. El Edén fue el prototipo de lo que toda la tierra estaba destinada a llegar a ser. El reino de Dios es el retorno de toda la creación al paraíso, a su diseño original.
Una crítica al reduccionismo de Ryrie
En este punto no voy a ser irénico en absoluto —a diferencia del autor, quien evita cuidadosamente la polémica—. Si todo lo que quisiera fuera escribir un resumen, francamente, cualquier modelo de inteligencia artificial reciente podría hacerlo infinitamente mejor que yo (o que cualquiera de nosotros). Debo, pues, añadir mi propia perspectiva, y esta implica una crítica a ciertos dispensacionalistas clásicos, en especial a Ryrie. Esta crítica es mía, no de Svigel, quien, como dije, es apacible y evita la controversia.
Tomemos, por ejemplo, el clásico Dispensationalism de Ryrie (Dispensationalism, Moody Publishers). Hay, a mi juicio, un defecto grave —muy grave— en la forma en que delimita el cumplimiento de las promesas del AT:
"La aparente dicotomía entre propósitos celestiales y terrenales significa lo siguiente: el propósito terrenal de Israel del que hablan los dispensacionalistas tiene que ver con las promesas nacionales todavía incumplidas que Israel cumplirá durante el Milenio mientras habita la tierra en cuerpos no resucitados. El futuro terrenal de Israel no concierne a los israelitas que mueran antes del establecimiento del Milenio. El destino de los que mueren es diferente. Los israelitas creyentes de la era mosaica que murieron en fe tienen un destino celestial... Pero serán los judíos que estén viviendo en la tierra con cuerpos terrenales cuando comience el Milenio, y los que nazcan con cuerpos terrenales durante ese período, quienes cumplirán las promesas hechas a Israel que han permanecido incumplidas hasta el Milenio. Estas incluyen la posesión de la tierra (Gén. 15:18–21), la prosperidad en la tierra (Amós 9:11–15) y las bendiciones del nuevo pacto (Jer. 31:31–34)." (Ryrie)
Ryrie confina las promesas del AT —las promesas del reino— cronológicamente al Milenio, étnicamente a los judíos, y corporalmente a quienes vivan en cuerpos no resucitados y no glorificados. Más adelante en su obra, llega incluso a afirmar que el Milenio agota y completa todas las promesas del AT, convirtiéndolo en la meta última de la historia. Este es un reduccionismo que encuentro profundamente problemático, y el marco interpretativo de Svigel lo corrige en al menos tres frentes.
Tres correcciones que aporta el marco de Svigel
En primer lugar, el plan del reino en el AT es para toda la humanidad y toda la creación. En el esquema de Ryrie, la gran narrativa de la Escritura —creación, pacto, promesa, profecía— termina por reducirse a un cumplimiento para un solo grupo étnico en una sola condición corporal: judíos que viven en cuerpos no resucitados durante el Milenio. Como si todo el proyecto de Dios, que se extiende desde el Génesis hasta el Apocalipsis, hubiera sido diseñado para culminar en eso. Svigel restaura la proporción bíblica: el alcance del reino abarca a toda la humanidad redimida y a toda la creación, no a una nación en un estado temporal.
En segundo lugar, el plan del reino es la restauración de la creación a su estado original. El Milenio no es la totalidad del plan, sino una etapa incompleta dentro de él. Lo que se ve parcialmente en el Milenio se ve en plenitud en la eternidad. Equiparar el Milenio con la realización plena de los propósitos de Dios es truncar la narrativa bíblica: es confundir un capítulo con el libro entero.
En tercer lugar, el plan del reino resuelve la falsa dicotomía entre lo celestial y lo terrenal. A diferencia de Chafer y Ryrie, Svigel demuestra que esta dicotomía no es bíblica, sino un artefacto de una influencia neoplatónica posterior. Todo el proyecto del reino apunta precisamente a que el cielo y la tierra sean unidos —Dios habitando en medio de su pueblo (Ap. 21:3)—. La esperanza última de la iglesia no es escapar de la tierra al cielo, sino la renovación de la tierra misma, donde lo terrenal y lo celestial se reúnen tal como estaban en el Jardín del Edén. Svigel muestra cómo en la escatología de los primeros siglos el reino estaba vinculado a la restauración de la tierra a condiciones semejantes al paraíso. Muestra también que reino y paraíso tienen en la Biblia una conexión (Lc. 23:42–43).
Más allá del pacto davídico
Svigel corrige, además, otra tendencia frecuente entre muchos dispensacionalistas: la identificación casi exclusiva del reino con el pacto davídico. En teoría, la mayoría lo negaría —reconocerán de buena gana el nuevo pacto y otros hilos covenantales—. Pero en la práctica, cuando se les presiona sobre las implicaciones de las bendiciones del nuevo pacto como bendiciones del reino, su argumentación invariablemente colapsa de regreso a categorías davídicas, como si el reino fuera en última instancia reducible a un trono, una dinastía y una restauración nacional. El marco de Svigel expone cuán reductiva es esta postura. El reino no está limitado étnicamente a Israel —es para toda la humanidad redimida—. No está confinado cronológicamente al Milenio —el supuesto distintivo de gran parte del Dispensacionalismo Clásico— sino que se extiende hasta la eternidad. No es reducible a un solo pacto, el davídico —es la convergencia y el cumplimiento de todos los pactos incondicionales—. No es un proyecto nacional para un pueblo —es un proyecto multiétnico y multinacional—. Y no comienza con las promesas davídicas —comienza en el Génesis, en el propio acto de la creación—. El reino, en la visión de Svigel, es tan amplio como la creación y tan antiguo como el Edén.
El problema estructural más allá de Ryrie y Chafer
Pero el problema no se limita a las formulaciones más rígidas de Ryrie y Chafer. Incluso los dispensacionalistas que suavizan la dicotomía entre destinos celestiales y terrenales terminan, en la práctica, cometiendo un error estructuralmente análogo. No niegan que los salvos de la era presente participarán en el reino prometido —de hecho, lo afirman: los santos de la iglesia reinarán con Cristo—. También hablan de naciones gentiles redimidas que habitarán la tierra milenial. Sin embargo, en todos los casos, esta participación es incidental, nunca orgánica al reino mismo. El reino, en su esencia, sigue siendo un proyecto israelita. La iglesia reina, pero solo como efecto secundario de su unión nupcial con Cristo —gobierna porque es la esposa del Rey, no porque el reino haya sido diseñado teniéndola en mente—. Su gobierno es una consecuencia marital, no un propósito original. Las naciones gentiles participan, pero en órbita alrededor de Israel. Todo lo que no es Israel existe en función de Israel. ¿Y qué hay de los santos del AT que no eran judíos —Job, Melquisedec, Jetro—? No pertenecen ni a Israel ni a la iglesia. ¿Dónde encajan en un reino definido como un proyecto israelita? Si tienen algún lugar, es por improvisación, no por diseño. Svigel, al reconectar el reino con la creación —y no meramente con el pacto davídico— disuelve esta asimetría: si el reino es la restauración de toda la creación, entonces todos los redimidos, judíos y gentiles por igual, no son participantes accidentales sino herederos legítimos de un propósito que antecede a Abraham y hunde sus raíces en el propio acto creador de Dios.
Conclusión
La expresión misma "reino de Dios" necesita ser liberada de las definiciones restrictivas que se le han incrustado a lo largo de siglos de tradición teológica. Ha sido reducido para ajustarse a un solo pacto, a un solo pueblo, a un solo milenio, a una sola condición corporal —como si el Dios que habló toda la creación a la existencia hubiera tenido, al final, solo un plan provincial—. Svigel desprende estas reducciones, capa por capa, y recupera lo que los primeros padres de la iglesia comprendieron: que el reino de Dios no es otra cosa que la plena restauración de todas las cosas —cielo y tierra reunidos, toda la creación redimida, todos los pactos convergiendo en su cumplimiento último—. No es una nota al pie de la esperanza nacional de Israel, sino el clímax del drama bíblico completo, del Génesis al Apocalipsis. Y eso es exactamente lo que hace de este libro una obra extraordinaria.
Toda la crítica de este texto es mía, no del autor. Como dije, el autor es irénico (tanto en el sentido de su influencia por Ireneo como en el sentido de no ser polémico). Simplemente presenta sus ideas con precisión, profundidad y rigor académico. La crítica es mi toque personal que, como ha quedado claro, dista mucho de ser irénico.
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Autor
Leonardo A. Costa
Investigador y escritor que explora el dispensacionalismo desde una perspectiva progresiva, con una profunda apreciación por el legado de esta tradición.
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